INTRODUCCIÓN

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JOAQUÍN GÓMEZ CARRILLO, escritor de Cieza (Murcia), España. Es el autor del libro "Relatos Vulgares" (año 2004), así como de la novela "En un lugar de la memoria" (año 2006). Ha publicado igualmente cuentos, poesías y relatos en revistas culturales, como "La Sierpe y el Laúd", "Tras-Cieza", "La Puente", "La Cortesía", "El Ciezano Ausente", "San Bartolomé" o "El Anda"; o en el libro editado por Vita Brevis titulado "El hilo invisible". Así mismo, participa como articulista en el periódico "El Mirador de Cieza" bajo el título genérico: "El Pico de la Atalaya" (antes "La República de Cieza"). Ha publicado en internet el "Palabrario ciezano y del esparto".

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15/9/12

El cuento, su moral y explicación

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Casa donde vivieron mis abuelos
Hace tiempo cayó en mis manos un folletito, viejo, descuadernado y manido, de esos que surgen del olvido en el fondo de un arca antigua: era una versión de “El Violín Mágico”, de los tiempos de Calleja. Después he descubierto que existen ediciones y versiones más recientes de este cuentecillo anónimo. Pues se trata de uno de esos relatos con origen en la noche de los tiempos, cuyo autor se desconoce y en cuya trama se han ido produciendo algunas modificaciones, según la época o la cultura de las sociedades donde ha arraigado el cuento.

Ésta de que les hablo es una versión en tamaño de bolsillo, realizada por la Editorial Saturnino Calleja Fernández (calculo que de principios del siglo XX, más o menos), y perteneció a mi abuelo materno José Carrillo Losa, quien –asegura mi madre– lo leía a sus hijos por la noche a la luz del candil en su casa familiar de El Ginete. (En la fotografía se ve la casa donde se crió mi madre, la cual, salvo la ventana ovalada, mantiene el mismo aspecto en su fachada que hace 80 años).
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Más como me chocan ciertos aspectos de la vieja narración, les quiero hacer algunos comentarios al final de ésta. Pero antes que nada lean la trascripción, copiada fielmente, de las amarillentas páginas que la pobre de mi madre hubo recosido con cariño.



EL VIOLÍN MÁGICO

Un rico judío tenía un criado muy fiel; nunca se quejaba y siempre estaba contento. Al terminar el plazo de su aniaga, no le pagó su amo.
Con esta conducta, pensaba el avaro, ahorro mi dinero; y no pudiendo marcharse él criado, queda a mi servicio.
El sirviente no reclamó su salario el primero ni el segundo año.
Al concluir el tercero se decidió a decirle:
–Señor, le he servido fielmente durante tres años; déme lo que en justicia me pertenece; quiero marcharme a correr mundo.
–Sí, hombre, sí –le respondió su amo –me has servido bien y te recompensaré generosamente.
Y después de contar y recontar las monedas de cobre que sacó de un arcón guardado bajo tres llaves, le dijo:
–Toma. Te doy una peseta por año. Esto hace una fuerte suma. En ninguna parte te hubieran dado un salario tan grande.
El pobre muchacho, que no entendía de monedas, tomó su capital, y se puso en camino por valles y montes, cantando y saltando con la mayor alegría. Al pasar cerca de un chaparro encontró un viejecito que le dijo:
–Muchacho; ¿por qué vas tan alegre?
–Porque soy joven, estoy bueno, y llevo en mi bolsillo el salario de tres años.
–¿A cuánto sube tu capital?
–A tres pesetas.
–Oye un momento –le dijo el viejo– yo soy un pobre que está en la última miseria; dame tus tres pesetas; yo no puedo trabajar, y tu eres joven y ganarás fácilmente de comer.
El joven tenía excelente corazón, y le dio sus tres pesetas, diciendo:
–Tómalas, por el amor de Dios; yo puedo pasarme sin ellas.
–Tienes buen corazón, y quiero concederte una cosa por cada peseta que me has dado.
–¡Hola! –exclamó el joven– ¿eres a caso encantador? Si así es, quiero que me regales una escopeta que no yerre nunca el blanco; un violín que haga bailar a todos los que lo oigan tocar, y por último, que cuando dirija una pregunta a alguien, me tenga que contestar.
–Todo lo tienes concedido–, dijo el viejo; y entreabrió el chaparro, donde estaba el violín y la escopeta y los entregó al joven diciéndole:
–Cuando pidas alguna cosa, nadie podrá negártela.
–¿Qué más puedo desear? –dijo el muchacho.
–Después que hubo recorrido muchos países, y cuando regresaba a su tierra se encontró en el camino con su amo el judío, que estaba escuchando el cántico de un pájaro colocado en la copa de un árbol y decía:
–¡Qué voz tan hermosa tiene! Quisiera cogerle.
El muchacho apuntó con su escopeta, disparó, y el animal cayó entre las espinas que había al pie del árbol.
–Ya podéis coger vuestro pájaro –le dijo.
El judío se puso en cuatro pies para entrar en las zarzas.
Cuando estuvo en medio, el muchacho, queriendo hacer pagar a su pícaro amo las bribonadas que le había hecho, cogió su violín y se puso a tocar. En el acto empezó el judío a menear los pies y a saltar; y a medida que el joven tocaba el violín, con mayor ardor bailaba. Las espinas despedazaban los andrajos de que iba vestido el judío, le arrancaban la barba y le llenaban el cuerpo de sangre.
–¿Qué música es esa? Deja de tocar infame chiquillo.
–Baila, baila, avaro y desuéllate; bastante gente has desollado tú.
Y siguió tocando.
El judío saltaba, saltaba, y los pedazos de sus vestidos quedaban colgados en el chaparro.
–¡Desgraciado de mí! –exclamaba–; deja de tocar ese maldito violín y te daré una bolsa de oro.
–Puesto que sois tan generoso, dejaré de tocar; pero bailáis con gran perfección… –Y siguió su camino después de tomar la bolsa.
El judío le vio partir, y cuando ya el muchacho estaba lejos fue en busca del juez.
–Señor –le dijo apenas se vio en su presencia–, me han robado en el camino real, ved mis vestidos despedazados, mi cuerpo desollado. ¡Por amor de Dios, hacedme justicia!
Algo extrañó al juez que un judío se dejase robar; pero las desgarraduras de las ropas y algunos rasguños que tenía en la cara, brazos y piernas demostraban que el judío decía verdad.
–¿Y quién te ha robado? –dijo el juez.
–Un joven que lleva una escopeta y un violín al cuello.
El juez mandó soldados en persecución del culpable; el muchacho no andaba ni iba muy de prisa, por lo cual no tardaron en encontrarle, y le prendieron, hallándole el bolsillo del judío. Cuando compareció ante el tribunal dijo:
–Yo no he tocado al judío, ni le he quitado su oro; me lo ha dado voluntariamente porque no tocase el violín.
–¡Dios me ampare! –exclamó el judío–, este granuja inventa las mentiras al vuelo.
El juez también dijo:
–Mal os defendéis, acusado; los judíos no dan su dinero sino a la fuerza.
Y condenó al muchacho a la horca por haber robado en despoblado.
Cuando conducían al pobre joven al suplicio, todavía le insultaba su rencoroso amo diciendo:
–¡Bribón, ya vas a pagar lo que tanto mereces!
El muchacho con mucha tranquilidad dijo al juez:
–Os ruego me concedáis un favor antes de morir.
–Lo tienes concedido, siempre que no pidas la vida –dijo el juez.
–No haré tal, sólo deseo tocar un aire en el violín.
–¡Por amor de Dios, señor juez, no lo permitáis –dijo el judío.
Pero el juez había dado su palabra, y además no podía negárselo, porque ya sabéis que el joven se hacía conceder todo lo que pidiera.
Viendo que no había remedio, el avaro gritó:
–¡Que me aten! ¡Atadme fuertemente!
El muchacho bajó la mitad de la escalera de la horca, tomó su violín, y al preludiar, ya todo el mundo comenzó a moverse, el juez, el escribano y los criados del verdugo.
Cuanto más hacían por conservar la gravedad propia del acto, mayores eran los movimientos que el violín los obligaba a realizar.
La cuerda se cayó de las manos del que ataba al judío. Al empezar la sinfonía, todos comenzaron a saltar y a bailar; el juez y el judío al frente, saltaban más altos. La danza se generalizó, bailando todos los espectadores, gordos y flacos, jóvenes y viejos, niños y mujeres; hasta los perros se levantaban sobre sus patitas traseras. Cuanto más tocaba, más saltaban los bailarines; las cabezas chocaban unas con otras, y los cuerpos se daban violentos empellones. El juez exclamó, perdido ya el aliento:
–Te concedo la vida si dejas de tocar.
El muchacho colgó su violín, y se acercó al judío que estaba rendido en el suelo.
–Viejo usurero –le dijo–; di en alta voz de dónde has sacado ese oro, y que tú me lo diste. Si no lo haces, vuelvo a tocar hasta que mueras reventado.
–¡Lo he robado, lo he robado a los que me servían! –exclamó el judío a grandes voces–. ¡Señor juez, este muchacho es inocente, yo mismo le di el oro porque no tocase más!
En vista de tal confesión, el juez dispuso que ahorcasen al judío, y dando el dinero al músico, le dejó marchar a su país, recomendándole que hasta salir del pueblo no tocase, pues había cobrado miedo a la virtud mágica del violín.

FIN
EDITORIAL: Saturnino Calleja Fernández


ACLARACIONES SENCILLAS

En primer lugar nos percatamos de que la narración se ambienta en los tiempos en que aún había “amos” y “criados” como la cosa más normal del mundo, lo cual que tampoco hay que remontarse demasiado para constatar la existencia de este tipo de relación jurídica, rayana en muchos casos con el servilismo. Hoy en día, en cambio, hablaríamos de empresarios y trabajadores o de empleadores y empleados.

También advertimos que, para la creación del personaje malo, se echa mano de la figura del “judío avaro”. Pues el soterrado antisemitismo y las leyendas sobre conductas despreciables de los judíos, quizá hasta que ocurriera el horror y la vergüenza mundial del holocausto de la Segunda Guerra Mundial, eran, digamos, comúnmente aceptados por la gente. Recuérdese que hasta el mismísimo Cid Campeador se "aprovecha" de los judíos Rachel y Vidas, cosa que se narra en la gesta como una astucia admitida (Aquí en Cieza, hace años también, en el paso procesional de Los Azotes, muchas personas identificaban a uno de los soldados romanos –pues a Jesús de Nazaret lo torturaron y ejecutaron los romanos, no los judíos– como “El Judío de la Esparraguera”; por un lado porque el imaginero decidió no vestir a los azotantes con la indumentaria militar romana, y por otro porque los cofrades locales, en la mano alzada de uno agresores, en lugar del flagelo característico, solían colocar –no sé por qué– un tallo de esparraguera silvestre, y, desde luego, porque la creencia popular era más acorde con culpar a los judíos de la Pasión de Cristo, de ahí que todavía se oye calificar de “judiada” a cualquier acto infame).

Bien, dice el cuento que el amo, cuando llegaba su momento, que normalmente sería a finales de año, se negaba a entregarle al muchacho su “aniaga”. La aniaga es la paga, ya sea en moneda o ya sea en especie, que se da por un año de servicio. Hoy en día no existe esta modalidad tan dilatada de remuneración salarial, aunque sí sucede en muchos casos que, llegado el fin de mes, el empresario se muestre reticente a soltar (cuando la empresa se halla en periodo de vacas flacas, el jefe dice siempre que “todos vamos en el mismo barco”, más cuando hay beneficios, incluso pingües beneficios, el trabajador, por lo común, sólo recibe su ajustado salario y punto).

Es más, se dice en el cuentecillo que uno de los motivos por los que no le pagaba era porque se trataba de un criado fiel, y de esta manera no podía marcharse, lo cual constituye un delito añadido a la morosidad común por parte del pagador. Pero pasados tres años, al muchacho se le hincharon las narices, y tuvo la valentía de plantarse y solicitar los atrasos de sus tres aniagas, pues quería marcharse a “correr mundo”. Lo de aventurarse a un viaje incierto por tierras lejanas para buscarse la vida era cosa corriente, dada la miseria y la pobreza existentes en la época. Hoy en día lo vemos a diario en esos pobres migrantes que se arriesgan a todo por escapar de sociedades tan deprimidas e injustas como las de ciertos países del tercer mundo.

Lo del pago de una peseta por año (las pesetas fueron moneda de curso legal a partir de 1868), aunque en principio parece demasiado poco, hay que tener en cuenta la “mantenida”, pues era costumbre ajustar el salario de los “mozos” o “mozas”, criados o criadas, con una cantidad en metálico y la mantenida, o sea, la manutención y el aposento, y algunas veces hasta algo de ropa y alguna otra cosa en especie: una fanega de trigo, una cordera, etc. Pero, en fin, que el muchacho del cuento, a su corto entender, se fue muy contento con sus tres pesetas (no dice en esta versión que fuesen de plata, aunque lo normal es que sí lo fueran, a pesar de que apunta el autor que el Judío “rebuscó” en un bote donde tenía monedas de cobre). Dice también el muchacho que celebraba el “estar bueno”, esto no es que el chico estuviera “cachas”, aunque quién sabe, sino que se encontraba bien de salud. Esto de celebrar que uno se encuentra bien lo olvidamos muchas veces y sólo nos damos cuenta cuando hemos perdido la salud.

Mas como dura poco la alegría en la casa del pobre, al zagal se le truncó su contento al pasar cerca de un “chaparro” (el chaparro o la chaparra es un arbusto pinchoso conocido también como coscoja), pues se dice que iba “por valles y montes”. Allí apareció un personaje que lo puso a prueba: nada menos que le pidió toda su ganancia de sus sudores de tres años de trabajo, en principio a cambio de nada (lo mismo que Jehová le pidió a Abraham que le sacrificase a su hijo Isaac sólo para complacerlo). Lo cual que el chico, al igual que el patriarca bíblico, salió airoso de la prueba y otorgó de buen talante.

Luego, el muchacho parece ser que no hizo mucha fortuna en su andadura por diversos países; nada que ver con los indianos que marchaban a América y regresaban opulentos; sin embargo supo sacar partido de los artilugios mágicos que le había donado el anciano del chaparro: un encantador al más puro estilo quijotesco. Y, ¡qué casualidad!, se topo a su regreso con el jodío Judio, que se hallaba admirando el canto de un pajarillo y deseaba poseerlo, se supone que vivo para enjaularlo; pero el zagal, ni corto ni perezoso, le pegó un tiro al ave y la mató. (El muchacho es un personaje bueno, ¡ojo!, pero el matar a un inofensivo pajarillo que trina en la copa de un árbol no le que resta virtud, pues en la época predominaba la razón práctica de “ave que vuela, a la cazuela”).

Luego, el ya no tan inocente ex criado, se venga con su antiguo amo haciéndole bailar sobre una zarza pinchosa: una forma de tortura que en la época, y tratándose de un judío, se veía con buenos ojos, incluso para contar a los niños al arrimo de las llamas de la lumbre, como hacía mi abuelo. Es más, cuando el desgraciado hombre, sintiéndose extorsionado, le entrega al extraño violinista (no se dice en el cuento que el muchacho supiera solfeo ni que hubiese aprendido a interpretar piezas musicales, teniendo en cuenta que un violín no se aprende a tocar en un día ni en dos) una bolsa de caudales, éste se marcha tan pimpante. No sé si aquello de "quien roba a un ladrón, tiene cien años de perdón", se podría aplicar a la apropiación indebida que hace aquí el jovenzuelo.

Como es natural, la víctima denuncia el supuesto robo, por llamarle de alguna manera, pero el juez del lugar, con evidentes prejuicios antisemitas (en época aún más antigua, a los judíos se les llamaba “marranos”, y de entonces quizás arranca el dicho ese de que “quien no se parece a su padre, es un marrano), recela en principio de la declaración del hombre. Asunto que se confirma cuando “prenden” al chico con la prueba del delito”: la bolsa de monedas de oro. (Por entonces se utilizaba el verbo “prender”, no “detener”, como ahora). Delito, el de “robar en descampado” que se castigaba con la horca; pues parece ser que si hubiera sido el robo en lugar habitado, la condena habría sido más liviana.

Mas el reo, hallándose en el mismo patíbulo (se supone que en la plaza del pueblo), pide un último deseo con evidente engaño: el tocar el puñetero violín mágico, con lo que “obliga” al juez a desdecirse de su sentencia y dejarlo en libertad. Pero además el muchacho, con el deseo de consumar su venganza plena sobre el Judío (es que le tenía ganas), le hace declarar en público que sus riquezas son (como las de algunos empresarios y banqueros actuales, ni más ni menos) producto de sus usuras y de injusticias cometidas con anteriores criados a su servicio. Lo que le vale una fulminante condena a muerte, pues la justicia entonces no se andaba con chiquitas y mandaba a la horca a cualquiera por menos que canta un gallo.

¿Donde está la moraleja del cuento? Yo no lo tengo muy claro. ¿Es acaso “El que la hace, la paga”, máxime si se trata de alguien políticamente incorrecto, como lo eran entonces los judíos?; ¿Acaso es “que si eres fuerte para superar una prueba de tu voluntad (pero ojo con quién te la impone), serás recompensado con creces?; ¿O es acaso “que si tienes poderes (mágicos o de otra naturaleza), dominarás incluso a la justicia? No sé, ¿ustedes qué piensan?
©Joaquín Gómez Carrillo

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Les anticipo aquí ocho de estos humildes "Cuentos del Rincón", que yo he fijado con la palabra escrita y puesto nombres a sus personajes, pero cuyo espíritu pertenece sólo al viento de la cultura:
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* Zuro o maúro
* El testamento de Morinio Artéllez
* El hermano rico y el hermano pobre
* El labrador y el tejero
* La vaca del cura Chiquito
* La madre de los costales
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"SE CREYÓ LIBRE COMO UN PÁJARO, Y LUEGO SE SINTIÓ ALICAÍDO PORQUE NO PODÍA VOLAR"

"SE LAMÍA TANTO SUS PROPIAS HERIDAS, QUE SE LAS AGRANDABA"

"SI ALGUIEN ES CAPAZ DE MORIR POR UN IDEAL, POSIBLEMENTE SEA CAPAZ DE MATAR POR ÉL"

"SONRÍE SIEMPRE, PUES NUNCA SABES EN QUÉ MOMENTO SE VAN A ENAMORAR DE TI"

"SI HOY TE CREES CAPAZ DE HACER ALGO BUENO, HAZLO"

"NO SABÍA QUE ERA IMPOSIBLE Y LO HIZO"

"NO HAY PEOR FRACASO QUE EL NO HABERLO INTENTADO"